Patzcuaro-Michoacán, primavera de 1996. Después de unos tacos al pastor donde Hemeterio Pérez, y bajo los efluvios de unos cuantos mezcales, nace “LA MORDIDA”. Fue en uno de esos “momentos felices” que nos daba andar con mi amigo Joaquín Sabina de gira por ese país que adoramos, México, cuando, tras las delicias saboreadas en la plaza y en medio de absurdas disquisiciones metafísicas fruto de los vapores del maguey (prefiero no entrar en detalles), tuvimos una visión casi divina, al menos eso nos pareció a nosotros: teníamos que llevar a nuestro lejano país aquello que tanto nos gustaba saborear en las tierras aztecas, y, además, debíamos hacerlo con la máxima fidelidad y autenticidad posibles.

 
Así comenzó todo. El objetivo se presentaba muy ambicioso pero por suerte teníamos buenas conexiones en el D.F., nuestro socio y amigo el chilango René Escalante se sumó al proyecto con gran entusiasmo coordinando el mejor equipo de cocineros. Luego vino la elección del nombre y la remodelación de un pequeño restaurante que por aquel entonces teníamos Joaquín y yo en Madrid, para dedicarlo a la difícil misión que nos habíamos encomendado.